Y que el viento decida soplar en mi dirección

Hay personas en el mundo que viven sin brújula. Son aquellas personas que viven sin agenda, sin destino, sin saber qué deparará el mañana. Son aquellas personas que anhelan la libertad, y entienden por libertad el absoluto caos.

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Sin embargo, es precisamente en su caótica concepción de la vida en donde reside gran parte de su belleza. Una belleza que nada tiene que ver con lo tangible, con lo físico, con lo que se ve. El mayor atractivo de estas personas es ese halo misterioso que las envuelve. Quienes viven sin brújula, sin agenda, sin destino, sin mañana, son un misterio. Y, para otras personas, ese misterio resulta irresistible, aún cuando se presenta irresoluble.

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Si, pese a todo, decides aventurarte a seguir a esa persona, tendrás que aprender a pensar como el viento, o sea, a no pensar, a dejarte de castillos en el aire, a dejarte de planes, a dejarte de agendas, porque seguir a esas personas supone no configurar ningún mañana posible, y sin embargo contemplar la posibilidad de cualquier mañana. Y para alguien que suele planear cada segundo de su vida, aunque cumpla con la mitad de sus planes, esas personas sin brújula son su peor pesadilla, pero también la mejor de las medicinas.

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Ahora supongamos que ese alguien soy yo, y que en mi camino se ha cruzado una de esas personas que viven sin brújula y que orgulloso se declara hijo del viento, o incluso el mismísimo viento. Vale, entonces, Don Viento me crea una ansiedad terrible, porque desmonta todo ese plan que tenía en la cabeza, y me asusto. Me asusto porque sé que es un caos incontrolable y yo llevo media vida intentando controlarlo todo.

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No obstante, empiezo a pensar que esto es bueno, que puede que una persona así sea lo que necesite. Las personas como yo huyen de gente así. ¿Por qué? Porque son un caos, porque son impredecibles, porque no se pueden controlar. Pero aquí llegan las noticias frescas: yo soy un absoluto caos; nunca –pese a los muchos, miles que he trazado– he cumplido un solo plan; y si la vida me ha enseñado algo es que, no importa cuánto te prepares, al final no puedes prever –ni controlar– lo que pasará.

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Y ahí está Don Viento, tan intenso, tan emocionante, tan tremendo, –a la vista y lo que no es a la vista–, tan… con la nevera tan vacía, que se lo piensa poco para lo mucho que piensa, que hace lo primero que se le ocurre, que sueña sin ponerle fecha a sus sueños, esperando el día en el que se levante con el ánimo de perseguirlos.

Y ahí estoy yo, que estoy pensando que ya es hora de dejarme de castillos en el aire, y de planes, y de agendas, que ya es hora de dejar que el viento se lleve todo aquello que me he empeñado en ser y no soy.

Y después, ¿qué? Sinceramente, me gusta la idea de seguirle al fin del mundo, pero uno no se inicia escalando el Everest, así que empezaré poquito a poco: soñaré sin fecha, planificaré menos y haré más, andaré mi propio camino y confiaré en que el viento decida soplar en mi dirección.

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