Volad, polluelos, volad

Durante mi graduación en el colegio, que ya no recuerdo tanto porque la memoria es vaga, me llamó la atención el discurso de la madre de uno de mis compañeros.

Ella era argentina, así que con su característico acento hacía del discurso algo muy ameno, algo fácil y agradable de escuchar.

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Lo que me llamó la atención de su speech fue la frase con la que lo acabó:

“Volad, polluelos, volad”

Y como mencionaba su característico acento, tengo que hacer hincapié en que la frase sonó algo así como: “volad, poshyuelos, volad”. Siempre me hizo gracia.

El tema va más allá de la fonética. El meollo es el verbo. Ella habló de cómo nos hacemos mayores, como toca perseguir nuestros sueños y descubrir que somos capaces de hacer mucho más, cómo llega la hora de salir a descubrir el mundo, a dejar nuestra propia huella en él y sentimos miedo. Y sentimos miedo, ahí está la cosa. Sentir miedo. Yo no siento miedo, así que algo mal estoy haciendo.

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Cuando sales de tu zona de comfort es cuando empiezas a sentirte inseguro. Inseguro pero a la vez seguro. Seguro de que estás apostando fuerte, seguro de que estás yendo todo lo lejos que puedes, seguro de que, para volar, hay que lanzarse por el precipicio. Y, sinceramente, yo creo que, después del cole, después de la universidad, y aunque no me ha ido mal, todavía estoy ahí al borde mirando la distancia que recorreré en picado hasta el suelo.

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No he volado. Esa es la verdad. Aleteo, me levanto un palmo, pero no estoy volando, no estoy comiéndome el mundo, o intentándolo, estoy cómodamente dando pasitos, pero así no es como uno debería recordar su juventud. La juventud es para hacer locuras porque, en el fondo, no tienes nada que perder.

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Creo que, al final, todos –unos más y unos menos– pecamos de los mismo: creer que mañana es el día. Mañana no es el día. Mañana es el día en el que será evidente que ayer no estabas preparado, y tampoco lo estás hoy. Pero no hace falta estar preparado, estar preparado viene después, cuando ya te has lanzado, te has pegado un batacazo y vuelves a lanzarte. Ahí estás preparado, preparado para asumir el fracaso y algún día saborear la victoria.

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No he volado. Esa es la verdad. Pero a este pollito le queman las alas. Le queman de no agitarlas, le queman de preguntarse por qué sólo coge carrerilla y mira al vacío. Porque tanto mira al vacío que se empieza a sentir así. E, igual que uno se cansa de recibir palos, también uno se siente agotado de no recibirlos.

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