El mejor regalo eres tú

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Hoy ha sido una tarde intensa, muy intensa.

Compras navideñas, regalos invisibles, detallitos para pili y mili, un caprichito por aquí, y venga otro por allá. ¡Y hasta el regalo de Navidad de Buss (mi perro)!

Ha sido una tarde muy intensa.

Cuando me preguntaron qué quería para Navidad, la verdad es que me costó mucho pensar en algo que se pueda envolver. Este año he tenido todo lo que he querido, bueno, casi todo.

La verdad es que cuando lo pienso bien, el mejor regalo no es nada que descubras en un escaparate o en el rincón de alguna tienda, no es algo que se paga en la caja, ni que te encuentras el 6 por la mañana bajo el árbol.

El mejor regalo para mí, especialmente en Navidad, es poder disfrutar de toda mi familia junta, bajo el mismo techo sin ningún otro compromiso que nos prive de la presencia de alguno; el mejor regalo es descubrir a mis padres conspirando para hacerme un regalo que yo no sepa; y el mejor, el mejor mejor, regalo de Navidad es disfrutar de él, de esa persona, de su vuelta a casa, de que está aquí y no allí.

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Muchos hablan de la lástima que es vivir esta época de fuga de cerebros en la que los jóvenes deben marchar al extranjero en busca de esa oportunidad que tanto pelearon durante la carrera.

Pero no son tantos los que viven esa realidad. Tengo suerte, supongo: no es mi padre, ni mi madre, ni mi hermano, ni familiares cercanos. Sí lo son amigos, buenos amigos, muy buenos amigos, conocidos con los que me gustaría coincidir más a menudo, y él. Claro que me gustaría que ninguno de mis grandes amigos hubiera tenido que buscar su futuro fuera de España, pero la buena amistad, la verdadera amistad, no se resiente a causa de la distancia.

Con él es distinto. El amor es una cosa que se cultiva en el día a día, es algo difícil, especialmente cuando algo va mal. Esas pequeñas discusiones se convierten en un drama tsunámico cuando te separan casi 3000 kilómetros. La rutina, la falta de emoción en el día a día también hace lo suyo. Es duro enfrentarte a la ausencia de su tacto, de su olor, a la falta del calor de su piel, a esas reacciones casuales y espontáneas, al quiero llamarte y no puedo, a la imposibilidad del “en cinco minutos estoy ahí”, a renunciar a un “¿salimos a cenar/al cine/a perder el tiempo juntos?” …es muy duro, pero también muy revelador.

Porque, en el día a día, conoces millones de personas, te emocionan miles de situaciones, palabras, escenas y aún así ninguna de ellas te hace palpitar el corazón a la velocidad que esa persona consigue.

Y te das cuenta de que la distancia no es una barrera, es una prueba. Y tropezarás, te sentirás frustrada, a veces dirás que no puedes más, pero siempre puedes más. Siempre hay algo que te impide renunciar a él, por encima a veces de tus principios, por encima a veces de tu fuerza interior, por encima a veces de tu voluntad, porque siempre por encima tendrás esperanza.

Esperanza de que llegue Navidad, por ejemplo, y de que él vuelva a casa, y entonces descubras que todo es igual, o mejor, y que aunque no esté bajo un árbol o lleve colgado una etiqueta de precio (un precio muy alto, por cierto), aunque todos los “aunque” que se te puedan ocurrir… él es tu mejor regalo de Navidad.

¡El mejor regalo eres tú!

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