Historia de un infeliz

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Ser feliz parece simple. Eso creía. La vida es un conflicto constante, pero en general ser feliz, a ratos, parece sencillo. Consiste en disfrutar los pequeños momentos, de la gente que tienes a tu alrededor, de creer que vas por buen camino, aunque no hayas llegado a tu destino.

Yo he deducido que puedo marcarme metas, metas que siempre quedan lejos y que se renovarán instantáneamente en cuanto alcance una de ellas. Yo, creo, he comprendido que… finalmente… el camino es el objetivo.

Y de verdad pensaba que era fácil ser feliz, encontrar esos pequeños instantes de placer, pero ayer me paré a mirar a mi alrededor y vi a alguien que no sabía ser feliz. Parece una de esas personas que sabe lo que quiere y aunque no lo dice, lo hace, y siempre consigue lo que quiere. Parece del tipo de persona que la miras y piensas: “qué fácil lo tiene todo, debe de ser muy feliz”.

Y, sin embargo, no lo es.

Su forma de afrontar la vida, su determinación y hasta su mirada, me enseñaron ayer a una persona que no es feliz. Una persona que está perdida en un mundo que no cree que esté hecho a su medida. Y, bueno, ¿quien siente que el mundo está hecho a su medida? Al final, uno hace lo que puede con lo que tiene.

Y esta persona lo tiene todo y no tiene nada. En realidad, lo tiene todo, pero le falta lo más importante: saber lo que quiere tener.

No aprecia lo que tiene porque aún no sabe si es lo que quiere. Leí que la definición de felicidad no es “tener todo lo que quieres” sino “querer todo lo que tienes”. Sé de muchos que lo molerían a palos por no apreciar todos los privilegios y la suerte que la vida le ha brindado a esta persona. No obstante, este “privilegiado” es más bien un desgraciado. Desgraciado por no tener norte, desgraciado por no tener un propósito en la vida.

Y resulta que, desde el punto de vista objetivo, es culpa suya, pues culpa suya es no haber invertido bien sus recursos o no haber sabido orientarlos adecuadamente.

Aún así, compadezco su situación porque ¿qué haces cuando el cuerpo no te dice nada, cuando no te pide nada? ¿qué haces cuando tienes 1000 caminos a tus pies y ninguno te llama? ¿qué ocurre cuando no has encontrado un sentido a tu vida?

Hay muchas cosas horribles, hay muchas desgracias que le ocurren a miles de personas en el mundo, todos los días: perder a un hijo, a un padre, a una madre, a un hermano o cualquier ser querido, padecer un cáncer, o VIH, o una enfermedad crónica o terminal, no llegar jamás de vuelta a casa por estar en el lugar y el momento menos indicados, perder tu trabajo cuando tienes una hipoteca que te asfixia, ser un alcohólico o un drogadicto que sufre física y emocionalmente sus intentos por salir de la oscuridad, estar loco y no entender que el mundo no sepa comprenderte.

Hay muchas cosas verdaderamente horribles que pueden ocurrirle a las personas, cada día, en cualquier parte.

Aunque es injusto, ayer comprendí la terrible realidad de no poder ser feliz, aún con todo a disposición, por no saber cómo serlo. Quizás, incluso, por no tener la capacidad de serlo. Lo peor de todo es que hace dos días que me di cuenta de que esto ocurre pero, atando cabos, lo menos hará una década. Y no he podido hacer nada, ni creo que pueda hacer nada en adelante.

Sinceramente me he llegado a preguntar si la muerte puede ser más apacible que un sinvivir en vida, que una vida sin sentido. O si, tal vez, esto tiene una vuelta atrás, o (aunque sea) una vuelta adelante.

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