Cuando los padres se hacen mayores…

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Cuando los padres se hacen mayores, los hijos vemos cómo se van. No se van, literalmente, sino que se alejan para dejarte elegir tu camino, para no interferir más. Sienten que no necesitas ya su ayuda. Creen que ya no pueden hacer más. Y, quieras o no quieras, te impulsan a vivir con autonomía. Te empujan a hacerte mayor… quieras o no quieras.

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Entonces, igual que el primer día de cole, cuando te agarras a la pierna de papá o mamá, te sientes confundido, perdido y, sobre todo, asustadísimo. En esa situación, papá o mamá te soborna con algún caramelo o un bollycao, más tiempo de juegos y películas o dulces palabras que te tranquilicen.

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Pero ahora no hay sobornos, no hay dulces palabras.

Creen que debes enfrentarte al mundo, descubrir lo que hay fuera y sentirte, completamente, a merced de él. Creen que no deben alentarte, no deben apaciguarte. Debes sentir el miedo porque, de alguna forma, ahí, es donde encontrarás, por el “sin remedio”, el valor. Tener miedo nos ayuda a darnos cuenta de que somos los únicos que podemos ayudarnos. Y eso nos hace fuertes. Nos hace tan fuertes como nunca creímos que lo pudiéramos ser.

Ahora lloriqueas, les miras con cara de perrito abandonado, los intentas chantajear emocionalmente, pero no sirve nada. Así que entonces pasas a la siguiente táctica: mirarles con recelo, endurecer tus palabras, mostrarte distante. Pero no dura mucho… son tus padres. La tendencia natural es la de sentirse agradecido, querido, la de considerarles “papá y mamá”.

Aunque algo en ti dice: “Me está abandonando”. Y sí, pero no.

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Papá y mamá quieren que vueles. Y en el nido no se vuela. Puedes volver a él cuantas veces quieras. Aunque, durante el día, hay que alzar el vuelo. A lo mejor aún no consigues llegar alto, a lo mejor ahora sólo planeas, pero con intentarlo, por ahora, basta. Se trata de salir de tu zona de confort, de ver que hay ahí fuera, de atreverte no sólo a mirar, sino a experimentarlo. Al principio no gusta, de hecho, horroriza. No obstante, poquito a poquito, le cogerás el gusto.

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Es verdad que hay días y días, algunos no querrás salir a luchar. Se siente, es lo que hay. Pero, en general, tener más autonomía, (que, por desgracia, también supone reducir, a veces, ingresos por la cara), te reporta satisfacción, sensación de auto-realización, el sorprendente descubrimiento de tus capacidades y hasta, en algunas ocasiones, genera vicios (¿Vicio al trabajo, por ejemplo? Pues sí).

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Aún no ha cambiado mi cara de rencor y resentimiento, que alterna con la de perrito vagabundo, pero -no sé por qué- sospecho que, en un tiempo, les miraré con gratitud. Agradeceré los momentos en los que fueron dulces y considerados y, también, en los que fueron severos, estrictos e inamovibles.

Supongo.

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