Una vida no es bastante

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¿Sabes esas parejas que ves y te inspiran pensamientos típicos de una de las novelas más románticas de la Historia?

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Yo conozco a dos personas que son dignas de una canción. Ella es preciosa, realmente preciosa, ¡una belleza! Una de esas personas cuyo exterior hace justicia al interior. Una chica con la que todo el mundo quiere pasar su tiempo, porque convierte cada momento en especial. Su forma de hablar, su forma de reír, la forma en que se toca el pelo o te mira de reojo… todo parece ensayado y meditado ¡pero es natural! Porque ella es así, naturalmente especial. Él es un caballero. Un chico cuyas maneras son tan refinadas que es difícil encontrar un referente actual. Es elegante y muy comedido, una de esas personas que actúan de una forma muy noble, como si siempre supiera lo que hay que hacer. Y si hay que hacerlo, se hace. Pero nunca pasa por encima de nadie. No busca reconocimiento, ni se preocupa por su reputación. La ha construido con sus actos. Y no, no es un tipo que compense con su personalidad lo que le falta de físico. Es un chico muy agraciado ¡y con un pelo fantástico! Aparentemente, son bastante parecidos. Aunque por dentro la semejanza dista un poco más. Seguramente, muchas de esas diferencias son las que los unen. Porque a veces no se trata de estar de acuerdo en todo, sino de complementarse. Lo que a uno le falta, el otro lo cubre y viceversa.

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 .Así que, para mí, son un puzzle casi perfecto.

Y digo casi perfecto porque la perfección está sobrevalorada. No se puede ser perfecto. La perfección puede llegar a ser insoportable. ¿Y quién no disfruta de una intensa trifulca por pequeñas desaveniencias, de vez en cuando? Discutir es necesario. Pero, como todo, con moderación.

Y estaba hablando de ellos dos. ¿Sus nombres? ¿qué importan? Él no busca el reconocimiento y ella no la necesita. No les daré, esta vez, tanto protagonismo. Quien los conozca, sabrá de quien hablo.

Y si aún no se ha dado cuenta, seguiré dando pistas…

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No importa cómo se conocieron, sólo diré que antes de conocerla, una amiga de él ya le dijo que había conocido a su chica ideal. Y, a veces, los amigos regalan sabias palabras. Esta amiga no se equivocó porque ella era perfecta para él. Cuando, por fin, él la conoció le regaló un tiburón y encendió una chispa. Ella ya no pudo quitarse de encima esa idea que le decía que algo tenía él que ningún otro chico podía tener. La hacía hablar durante horas, pero sobretodo la hacía reír… Supongo que él debió enamorarse de su risa, porque es una de las cosas más bellas y contagiosas del mundo. Una risa así no se puede dejar escapar.

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Ella… No sé que vio ella. Diría que descubrió en él muchas cosas buenas y diferentes. Pero no sabría decir cual la enamoró. Aunque, probablemente, mucho tuvo que ver que él no dejara de luchar por ella… y de sorprenderla. Una detrás de otra. Aún, hoy, lo sigue haciendo. ¡¡Y eso que a ella no le gustan las sorpresas!! No suelen gustarle demasiado. Pero él sabe cómo hacerlo. Él siempre supo, aunque no lo supiera, cómo dar cada paso, cómo acercarse a ella, poco a poco.

Supo, creo sin saber demasiado, cómo enamorarla.

(…)

Y ahí están. Tres años después. Dicen que toda pareja sufre la crisis de un año, y más tarde la de los tres años. Yo no he visto ninguna crisis en su relación, ni cerca, ni lejos, ni a media distancia. Ni al año, ni a los tres. Han aguantado la distancia. Han resuelto los pequeños vaivenes. Incluso, han resistido las tentaciones puntuales… aunque no creo que sintieran demasiada tentación en su momento, porque ¿quién podría competir contra lo que tienen esos dos?

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Si los vierais… Cuando los tengo delante casi puedo oír una canción. Son una eterna canción de amor. Cómo le mira ella de reojo y le sonríe. Tendríais que verla. Ella gira la cabeza, algo así como… muy a la derecha -o muy a la izquierda, según donde esté situado él- y con su largo pelo castaño oscuro oculta un poco su cara, entonces sonríe, y mira hacia arriba, como dándole a entender que esa sonrisa la esconde porque es suya, porque sólo es para él. Él le devuelve una sonrisa cómplice, y alguna vez le da un beso. No en los labios. Es un beso tímido que aterriza en alguna parte de la cabeza, en la frente, en el pelo, quizás en la mejilla o… en la nariz. No, creo que en la nariz no. Lo cierto es que es digno de inmortalizarse en pintura, de esas que cuelgan en el Hall Principal de un Museo. El problema es que un cuadro no podría captar lo que todo ese ritual transmite. Tengo la suerte de haber disimulado lo suficientemente bien como para ver el espectáculo sin alterarlo.

Deberían inmortalizar cada uno de sus momentos juntos. Pero no existe papel suficiente. Son demasiadas instantáneas mágicas, perfectas.  Una de mis canciones favoritas -una de esas que escucho sola en mi habitación y con la que sueño despierta- decía: “una vida para vivir contigo no es bastante”.

Creo que si fuera él, o si fuera ella, pensaría exactamente así..

Porque la vida es demasiado corta para algo tan grande.

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